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9.5.09

Questionlandia




Desde el otro lado de la acera se podía observar el interior del local a través de la cristalera que separaba a los clientes del resto del mundo. En una de las mesas pegadas al cristal (esas que utilizaban aquellos que necesitaban sentirse lejos y, al mismo tiempo, constantemente en contacto con la realidad), ella se movía inquieta. Esperaba a alguien pero tenía tanta urgencia que desahogaba sus angustias con el vaso de café, ya frío.


- Es lo peor que podía haber pasado, la peor noticia. Es una catástrofe…

No había sido famosa por este miedo que ahora escapaba hasta caer, directo, sobre el café: ella jamás había conocido esa palabra. Sin embargo, su currículo estaba lleno de títulos y galardones con una temática común: la duda. Había dedicado los mejores años de su vida a estudiarla y a manejarla a su antojo, a extraerle la esencia y aprovecharla en beneficio propio y el de sus compatriotas, que siempre acudían a ella buscando consejo y asesoramiento.

Ahora, amarillenta y sin brillo, su contorno se desdibujaba y caía, semiderretido, sobre la mesa y la silla, como los relojes de Dalí. Al observarla desde el otro lado de la cristalera, era complicado reconocer las formas firmes y redondeadas de otro tiempo, sus curvas definidas, y ese punto bajo, tan armonioso, que había sido el referente a seguir en todo el país.

- Es el fin del mundo...

Sobre la mesa, una revista anunciaba en portada:
Caen en picado los índices de indecisión. El mercado se tambalea. En La Tierra parecen haber encontrado una manera de creer en sí mismos.

25.3.09

El lector (o Historia Universal)


10’55 h. Atraviesa, puntual, la puerta de la biblioteca. Ropa informal, gafas de cerca. Paso seguro. Echa un rápido vistazo al horizonte de libros para descubrir, con satisfacción, que su sitio está libre. La esquina de una de las largas mesas de estudio que da justo al lado de la estantería de Generalidades. No lleva nada consigo; nada que colocar sobre la mesa limitando, así, su espacio; nada que marque el fin y el principio del territorio que le pertenece entre aquellas dos decenas de individualidades que el destino ha hecho coincidir en el mismo espacio-tiempo.


Arrastra la silla con un leve lenguaje sonoro: lrriii, lrriii. Antes de sentarse, del último estante coge uno de los tomos de una colección ilustrada cuyo lomo reza: “Historia Universal”. Busca su marca por entre las últimas páginas; la esquina de una hoja levemente doblada le pone sobre la pista; por fin, encuentra el lugar exacto de su última lectura el día anterior, y allí desaparece.


11.15 h. Cierra con suavidad el libro que regresa en silencio a su lugar al igual que la silla verde (lrriii, lrriii).


Mientras le observo desandar el camino hacia la puerta de la biblioteca un día más, imagino que su tiempo no es más que un reflejo del mío: las últimas páginas del tomo 8 de la Historia Universal ilustrada.



9.3.09

Y así nos va.

Cuidado con el perro -
Prohibido pisar el césped -
No tocar.

Carteles como conciencia extendida cuyo objetivo último fuese perdurar allí donde nos imaginamos libres, en los extramuros de nuestro propio yo, florecen y se enquistan a las raíces de lo simple y lo perecedero.

Cuanto más, me digo, no debieran sobrevenirnos algunas situaciones prendidas de un pasquín similar: Cuidado con el desequilibrio - Prohibido perder los nervios - No imaginar. Pero no, ni mucho menos hallamos una flor de pasta al colocar el primer pie en el trapecio, nada nos pone sobre aviso de la aviesa inclinación que tirará de nosotros hacia el oscuro báratro sin que apenas hayamos acostumbrado nuestra vista a la luz focal de la estancia.

Hay una abertura y fluimos por entre sus límites, cándidos, creyéndonos portadores de un brebaje mágico que, en proporción igual a la sangre, recorre nuestro organismo dotándonos de inmunidad.

Tal vez un distintivo a las puertas del momento, un estandarte de imborrables colores colocado justo antes, nos permitiera, si no evitar el trance, sí acudir a la insoslayable batalla provistos de alguna predisposición singular que, por aparatosa, siempre sacamos del bolso en el último momento para dejar sitio al set de maquillaje.

¡Bah!, todas estas nimias figuraciones mías tienen el final en su principio: ¿acaso hacemos algún caso de los preavisos?: para hacer del fuego realidad tenemos primero que quemarnos. Y así nos va.

23.2.09

Pequeños objetivos

Soy el rompecabezas más voluble que reconozco y no es extraño observarme deambular por entre mis descoyuntados ires y venires mentales en busca y captura de un orden que, de seguro, no existe. Soy un laberinto de espejos deformantes, algunos permeables... Cuando lluevo, mis espejos de trapo absorben cada gota que sólo regresa al mundo exterior a fuerza de gravedad y por el hecho, indiscutible, de que no es infinito el líquido que un cuerpo puede almacenar dentro de sí, y acaba goteando y formando un charquito en el suelo y calándome los pies (nunca llevo zapatos adecuados para estas circunstancias).

No hace mucho, a través de uno de esos charcos, arribó un barco; para ser fieles a la realidad y no inducir a errores de consecuencias inimaginables, debiéramos matizar este término: mi barco era una estructura desmadejada que hormigueaba a la deriva sobre las aguas gracias a no sé qué compasión de las divinidades. Estancada, tal y como me encontraba, por el helor íntimo que se abría camino bajo mis pies, me entregué embelesada a la que suponía derrota de tamaña embarcación a manos de las procelosas aguas.

Sin embargo, aquella cáscara de nuez ennegrecida y borrosa, sin atisbo de tribulación, venció cada una de las ondas salvajes abiertas a su paso (por la naturaleza misma del charco o por la mía propia), acusó sus impactos avasalladores impertérrita, contoneándose frescamente entre mis paralizadas extremidades inferiores con el ronroneo de un felino satisfecho para, finalmente, tocar puerto (sería lícito de nuevo aclarar este último concepto: al llegar al extremo opuesto de aquella laguna emocional, el bajel simple y llanamente se evaporó, seguramente de la mano de alguna de las gotas de agua que el sol reclamó para sí a lo largo de aquel episodio).

Comprensible, por tanto, mi estupor, del que sólo logré salir tras horas intensas de deliberación, es decir, de actuaciones intrínsecas y extrínsecas dirigidas a procurarme la libertad justa y necesaria que me permitiera la contemplación del asunto desde un punto en que la razón y la emoción comprendieran al alimón lo que había acontecido delante de sus ojos y los míos. Y así fue como, de perdida, alcancé el conocimiento: mi momentáneamente vecino el navío, careciendo de catalejo, brújula, lupa, ampliadora automática o materiales hermanos que le otorgasen una visión más absoluta de la dificultad ante la que había ido a dar con sus pobres huesos, no pudo más que limitarse a ir venciendo pequeños objetivos, cercanos contratiempos, uno cada vez, por estricto orden de prelación o llegada. Esta fracción del absoluto, esta visión parcial y, de alguna forma, ordenada, aligeró, con mucho, su carga; tanto así que le permitió físicamente llegar a su destino y emocionalmente evaporarse cual gota común.

Eso es, hubiera pensado, probablemente, hace algunos siglos; pero como hoy no ha lugar, opté por comprar, por supuesto en internet, un completo juego de bisturís de bolsillo con los que, a partir de ya, asomarme a la realidad más compleja sin acumulación desmesurada de pretensiones.

Quién sabe, en una de estas igual me evaporo...