Mi alma vive en la nevera
entre una lechuga, cuatro yogures y las sobras
de la cena de ayer.
El frío la mantiene lo suficientemente lejos
de los rudimentos de la existencia: el miedo, el dolor y la muerte,
y es sarcástico el modo en que vence los obstáculos
eligiendo siempre un menú que no la incluya.
Hoy cocino yo – comenta mi alma;
y hace salir dos huevos, queso y tomates
para una ensalada narcótica
que no muestre signos de debilidad.
Tres grados por debajo de lo recomendable,
mi alma observa el mundo desde lo alto de una lata de cerveza,
hasta que un buen día, como otro cualquiera,
la noticia se extiende desde los cajones de la verdura
hasta el cartón de leche desnatada:
demasiado tarde. El menú de hoy contiene
puré de alma.






