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20.6.09

Entropía



En la etiqueta, además del precio y la talla, se lee "caos". -una nueva marca, supongo-. Pero es la única prenda que responde a este título (sobrescrito a un made in inteligible, a mano, con tinta azul) en toda la tienda. Lo he comprobado, entre otras cosas, porque el aire acondicionado y el ambientador de fresa del establecimiento me invitaban a retrasar mi salida al mundo real.

Curiosamente, es la única prenda que parece bien colocada. -¿la excepción que confirma la regla?, me digo; o tal vez el íntimo orden del desorden. Todos nos movemos bajo el peso de una o varias etiquetas con sus palabras manuscritas en azul, y el resto de cosas no existiría tal y como las conocemos en ausencia de ese lastre vivificador-.

Alguien toma la prenda y tras probársela por encima de la ropa se encamina con ella hasta la caja. -Mierda, mierda... Jodido loco, ¿qué cree que está haciendo?-. Definitivamente, la ha comprado, que el cielo le ayude...

Saco un bolígrafo azul de mi bolso y tras alisar, colocar en una percha y colgar una chaqueta vaquera con toda la precisión de que soy capaz en una de las repisas centrales, saco la etiqueta y dibujo 'caos' sobre ella para mantener el sistema perfectamente desordenado.

21.5.09

Borroso


Las letras se juntan sobre el papel. Mire a donde mire, borroso, no consigo percibir la cicatriz que bordea cada palabra, su trazo significante. Todo frente a mí es el penúltimo vacío que precede, ululante, a la convicción, nunca suficientemente firme, de estar procesando la vida de forma precisa.

Las letras se solapan, se abarullan, tratando de ganar una invisibilidad que no consiguen a costa de superponerse a sus aleatorias compañeras de palabra. El deslinde entre unas y otras es confuso, inexistente, y todo termina por ser una misma cosa: un enjambre de líneas y curvas intraducibles que cubren las hojas del libro.

No estoy segura de cuántas horas llevo así, mirando sin hallar una sola pista de lo que ayer dejé cuando cerré este libro. Pasó de repente, demasiado rápido; paralizada por el miedo, soy incapaz de desviar la vista fuera de los márgenes del papel por temor a encontrar del mismo modo la realidad desdibujada.

Tal vez la mente sea un almacén finito de mentiras; tal vez haya llegado al máximo de verdades que puedo digerir...

9.5.09

Questionlandia




Desde el otro lado de la acera se podía observar el interior del local a través de la cristalera que separaba a los clientes del resto del mundo. En una de las mesas pegadas al cristal (esas que utilizaban aquellos que necesitaban sentirse lejos y, al mismo tiempo, constantemente en contacto con la realidad), ella se movía inquieta. Esperaba a alguien pero tenía tanta urgencia que desahogaba sus angustias con el vaso de café, ya frío.


- Es lo peor que podía haber pasado, la peor noticia. Es una catástrofe…

No había sido famosa por este miedo que ahora escapaba hasta caer, directo, sobre el café: ella jamás había conocido esa palabra. Sin embargo, su currículo estaba lleno de títulos y galardones con una temática común: la duda. Había dedicado los mejores años de su vida a estudiarla y a manejarla a su antojo, a extraerle la esencia y aprovecharla en beneficio propio y el de sus compatriotas, que siempre acudían a ella buscando consejo y asesoramiento.

Ahora, amarillenta y sin brillo, su contorno se desdibujaba y caía, semiderretido, sobre la mesa y la silla, como los relojes de Dalí. Al observarla desde el otro lado de la cristalera, era complicado reconocer las formas firmes y redondeadas de otro tiempo, sus curvas definidas, y ese punto bajo, tan armonioso, que había sido el referente a seguir en todo el país.

- Es el fin del mundo...

Sobre la mesa, una revista anunciaba en portada:
Caen en picado los índices de indecisión. El mercado se tambalea. En La Tierra parecen haber encontrado una manera de creer en sí mismos.

20.4.09

Precipicio

Pintura de
  • Mireya Juárez



  • Aquella fotografía era lo único que conservaba. En ella, el paso del tiempo no había logrado restar ni un átomo de aplomo y belleza a sus ojos, distraídos; para él estaba claro que no miraba la cámara, posiblemente porque ni siquiera fue consciente del disparo: una mirada a medio camino entre aquí y otro lugar indefinible.

    La postura era graciosa y natural, a pesar de la necesaria contorsión de su cintura al girarse hacia atrás cuando intuyó su presencia. Un brazo caía, lánguido, sostenido en perpendicular por una casi sonrisa azul; el otro, quedaba extendido hacia el objetivo, borroso por el repentino movimiento de búsqueda.

    Aquella fotografía era lo único que conservaba. Decir que tenía bordes era arriesgado incluso para una mente creativa como había sido la suya. Al papel revelado le habían ido surgiendo las mismas arrugas y dobleces que hubiera sido de recibo que la naturaleza y el tiempo hubieran regalado a su cuerpo y su rostro.

    - Estás ahí. - susurraba, de vez en cuando, observando aquellos ojos que siempre le devolvían la mirada.

    Todo lo demás había sido devorado por las llamas, hasta los huesos mismos de la cordura.

    - Estás ahí. - ... y alargaba los brazos tratando de rozar aquellos dedos borrosos que se extendían hacia él todos los minutos de todos los días...