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31.3.08

Espejismos

Creí que era yo, que me pertenecía… pero sólo era el reflejo de los otros en mi cuerpo. Sus cicatrices, sus blasfemias, su calamidad, sus lazos y nudos vueltos de espaldas, hipnotizándome….

Se apoderó de mí un instante el recuerdo de lo que no había ocurrido, la nostalgia doliente y ácida de lo que sería si… la imagen rotunda de todo aquello que yo sería capaz de construir con aquellas piezas. Las barajaba y mezclaba, las unía y ataba y pulía y cosía hasta formar un puzzle realmente apetecible. Tal vez sea cierto que estoy hambrienta.

Una lágrima después, un instante, y todo empezó a completarse. El círculo avanzaba hacia sí mismo como una víbora lánguida y el hechizo se desdibujó en la arena árida del presente. De un zarpazo di la vuelta a los espejos que me rodeaban, y fue mi imagen la que se lanzó a la carrera hacia todos los infinitos. Y era yo la que pertenecía a los otros, hipnotizándoles…


Imagen: Alberto Molina


“Estoy satisfecho con lo que tengo: un techo, un hogar, una mesa, los libros, un jardín, los animales que viven conmigo, un plato de sopa caliente todos los días y la fantasía, que jamás me abandona.
Dentro de los límites de mis modestas posibilidades, yo también me siento digno de estar en el mundo, igual que los árboles, las flores, las estrellas, y descubro que dentro de cada uno de nosotros existe un jardín donde se pueden encontrar muchas respuestas: basta con saber buscar. (...)
Debes ser feliz; siempre: cuando la lluvia cae sobre el gran pinar, cuando la escarcha dibuja bordados en los prados, cuando el viento barre las hojas amarillentas del jardín.”

La cabaña encantada - Romano Battaglia




12.5.07

¿Seré yo escritora?

C
uando estalla un temporal, todos corren por las calles de aquí para allá con paraguas, impermeables, diarios en la cabeza. El escritor vuelve a salir bajo la lluvia con la libreta de apuntes en la mano y la pluma entre los dedos. El escritor observa los charcos, los ve llenarse, ve como las gotas de lluvia puntúan sobre la superficie. Se podría decir que el escritor se ejercita en ser estúpido. Si uno es listo, intenta no quedarse bajo la lluvia para evitar los resfriados, y, de todas formas, en caso de enfermedad se ha asegurado de antemano. Si uno es tonto, se interesa más por los charcos que por su propia salud, las pólizas de seguro o la puntualidad en el trabajo. [...]

El tiempo es la mercancía de mayor valor que un ser humano tiene para ofrecer. Trocamos el tiempo de nuestra vida por dinero. El escritor se detiene en el primer paso, el propio tiempo, y le atribuye un valor aún antes de recibir a cambio un dinero. El escritor tiene muchísimo aprecio a su propio tiempo, y no tiene tanta prisa por venderlo. Es como heredar un terreno de la familia. Este terreno siempre ha pertenecido a la familia, desde tiempo inmemorial. Viene alguien y ofrece comprarlo. El escritor, si es listo, no venderá demasiado. Sabe bien que, una vez vendido el terreno, podrá incluso comprarse un segundo coche, pero ya no tendrá un lugar donde refugiarse, ya no tendrá un lugar donde soñar.

Por eso, si queremos escribir, no es malo que seamos un poco tontos. Dentro de nosotros existe una persona a la cual no se le puede dar prisa, una persona que necesita tiempo y nos impide entregarlo todo. Esta persona necesita un sitio a donde ir, y nos obliga a mirar fijamente los charcos bajo la lluvia, casi siempre sin sombrero, y a sentir las gotas que caen sobre la cabeza.


El gozo de escribir
Natalie Goldberg